El día después del último post personal de esta bitácora nos entregaron el informe psicosocial. La trabajadora social, tras doce páginas nefastamente redactadas, termina:
XI) CONCLUSIONES:
Una vez realizado el estudio social de la unidad familiar compuesta por D. (...) y Dña. (...), del análisis de todos los documentos aportados por ellos, de las entrevistas realizadas, de la visita a su domicilio y de la coordinación mantenida con la psicóloga, se valora que:
- Ambos componentes de la pareja han tenido una buena base familiar, con un adecuado proceso de sociabilización.
- Tienen un claro deseo por ser padres, no han podido tener un/a hijo/a biológico/a lo que no les ha supuesto una gran frustación: lo han superado sin problemas y en este momento se sienten ilusionados con la posibilidad de ser padres a través de la adopción.
- Disfrutan de una relación de pareja estable y madura, se sienten afortunados de compartir su vida y se les percibe muy enamorados. Además de ser complementarios: ella aporta a la pareja optimismo, alegría y decisión. Y él aporta responsabilidad, ilusión y mucha confianza en sus propósitos y en los de ella.
- Ambos tienen un horario de trabajo que les permitirá atender a su hijo/a adoptado/a. Las familias de ambos estarán encantados de ayudarles en la atención del/la menor adoptado/a.
- Tienen un buen nivel económico y cultural, lo que les permitirá atender adecuadamente las necesidades del/la menor.
- Están integrados socualmente teniendo buenas y frecuentes relaciones con ambas familias y con los amigos. Todos aceptarán al /la menor adoptado/a por la pareja como miembro más de la familia. Sus amistades y familiares tienen hijos pequeños, por lo que el/la menor adoptado se relacionará con otros niños/as.
- El entorno y la casa en el que viven es muy adecuado para que crezca sano el menor que desean adoptar.
XI) DIAGNOSTICO SOCIAL:
Por todo lo expuesto, se considera que la familia (...), cumple con los requisitos establecidos por la Comunidad de Madrid, en materia de adopción Internacional. Pudiéndose integrar un/a menor procedente de México.
Por lo que se valora favorablemente la adopción. Se recomienda se ofrezca a esta pareja un menor de 1 a 3 años, con posibilidad de hermanos, siendo la edad máxima del mayor de hasta 4 años.
La psicóloga, con una redacción mucho más correcta y menos farragosa en las nueve páginas de su informe, concluye:
4. CONCLUSIONES
En base a todo lo anterior, se considera que D. (...) y Doña (...), reúnen los requisitos necesarios para la adopción, ya que cuentan con recursos afectivos, intelectuales y de adaptación suficientes que permiten inferir una buena disposición a la hora de facilitar un marco familiar adecuado e integrado que garantice las funciones necesarias para la crianza, educación y desarrollo de un menor entre uno y tres años o una pareja de hermanos si el mayor no supera los cuatro años.
Por último, decir que sus condiciones psicológicas actuales parecen adecuadas para llevar a cabo este proyecto de adopción, motivo del informe, sin que se hayan detectado problemas significativos en las áreas analizadas.
Después de esperar otra semana más a que ambas profesionales corrigieran algunos datos erróneos del texto, entregué la documentación al Instituto Madrileño del Menor y la Familia (informe psicosocial, certificado de antecedentes penales y cuestionario individual) para que la evaluaran y nos dieran el Certificado de Idoneidad con el que ¡por fin! podríamos iniciar las tramitaciones en México.
Como mi marido iba a principios de noviembre a su país y seguramente no volveríamos a ir hasta marzo, pregunté la fecha aproximada de resolución, por si fuera posible que él mismo comenzara a moverlo todo en noviembre. La señorita, al tiempo que pegaba indolente un nuevo código de barras en la documentación que le estaba entregando, respondió con voz átona "En un mes y medio o dos meses recibirá la carta".
Así que hasta navidades nada de idoneidades, y puesto que hasta marzo no viajamos a México... ¡cinco meses más de retraso! Porque pensamos hacer los trámites por libre, sin intermediación de ECAI. Intenté preguntarle de nuevo cada cuánto se reunía el comité que evaluaba los informes. Quizá si les explicaba la situación podrían añadir nuestro expediente al montón de la próxima reunión y adelantarlo... Mi nueva amiga respondió sin mirarme, con la misma frase, en un tono aún más lacónico si cabe "En un mes y medio o dos meses recibirá la carta". Aguanté como pude las ganas de sacudirle por las solapas de la chaqueta (ya me estoy hartando de la mala educación, los desprecios y el maltrato que me encuentro a cada paso en este proceso) y dí media vuelta intentando no parecer herida.
Por la tarde le conté la situación a mi tía favorita, que hace tiempo tuvo contacto profesional con un responsable de adopciones de la Comunidad de Madrid. Quería saber si podría facilitarme el nombre y teléfono de alguna persona a quien pudiera pedir ayuda, por si ocurría el milagro de que un burócrata se transformara en persona y decidiera trabajar cinco minutos más para ahorrarnos cinco meses a nosotros. Con su habitual bonhomía, me aseguró que ella misma se ocuparía de llamar a su conocido para explicarle el problema.
Me habló unos días más tarde. Adelantar el proceso era imposible. El certificado de idoneidad no pasaba por manos de los padres, sino que se enviaba directamente a la administración Mexicana... 
Además, para dar ánimos, el funcionario le dijo que México es uno de los países más lentos. De dos a dos años y medio a partir de que los papeles lleguen allá. Aunque, eso sí, al ser el futuro padre mexicano, los trámites podrían acortarse hasta en seis meses. Teniendo en cuenta que llevamos ya más de un año de embarazo burocrático, esa rebaja en realidad no impedirá que sea una madre primeriza treintañera. 
Nuestro gozo en un pozo. De nuevo a esperar con las manos en los bolsillos. Llamé a mi marido, que estaba ya en el aeropuerto de camino al DF. Me aconsejó resignación y me aseguró que aprovecharía el viaje para comprobar cuáles son los trámites que tendremos que seguir cuando al fin vayamos con el dichoso certificado.
Esta tarde he conversado con él por messenger. Le ha dicho el padre de una amiga que quizá pueda facilitarnos las cosas en el estado en el que vive a través de unos conocidos que trabajan en una casa cuna. Dice que, desde que tengamos el certificado de idoneidad, tardarían un mes o mes y medio en darnos a los niños, aunque tendríamos que continuar luego con el papeleo para terminar de legalizar la situación. También me ha contado mi chico que otra persona le ha dicho que en Chihuahua están dando rápidamente niños tarahumaras en adopción, porque la comunidad está sufriendo una hambruna terrible y el gobierno no tiene infraestructura para hacerse cargo. Y mañana mi cuñada hablará con un contacto del DIF que quizá pueda allanarnos el camino en el Estado de México.
Esto es una montaña rusa anímica. Una no puede evitar fantasear con un proceso relativamente rápido. A mi alrededor todo el mundo se embaraza y pare ininterrumpidamente: La pobre Agus se muere de nauseas en las fiestas familiares; Emi pasa con ilusión la frontera del trimestre descartando un nuevo aborto; Belén se lamenta de que su tercer hijo apenas se lleve un año y pico con el segundo; Bea da a luz a un niño inmenso de tres kilos; Marta saca el pecho cada tres horas para alimentar a la bendita de su hija; las pecas infantiles y traviesas de Beatriz se convierten en manchas serenas y maternales sobre un vientre abultadísimo; Eva no para de describir los graciosos gorgoritos de su bebé; Miros está inmensa de alegría buscando nombres vascos para su futuro chilpayate; Irma sonríe agotada sobre su hijo tras un parto de cuarenta horas...
La maternidad de todas mis primas y amigas es evidente y está definida. Es un proceso maravilloso de nueve meses en los que el hijo está siempre presente para todos, tanto para los padres como para la familia y amigos. Después del embarazo la madre da a luz un bebé normal al que todos quieren desde hace mucho y al que esperaban así, tal cual es: recién nacido, indefenso, maleable, con parecidos más o menos razonables al abuelo Fulanito o a la hermana Menganita. Aunque tenga ictericia u orejas de soplillo cumple todas las expectativas.
Mi maternidad también es real, pero no es visible, no tiene plazos definidos y arrastra una marcada frustración que está terminando por parecerme indeleble. Las visitas mensuales al ginecólogo de mis coetáneas son el equivalente a mis paseos por la administración pública. Mientras a ellas una enfermera cariñosa les aplica un gel frío en el bajo vientre y les muestra simpáticamente en la ecografía los imperceptibles latidos del corazón del embrión; a mí una funcionaria mezquina me despacha con mala educación sin ni siquiera mirarme a la cara, las más de las veces poniendo un nuevo impedimento en el proceso.
Cuando ellas vuelven a casa con su ecografía bajo el brazo nada ha cambiado, todo va bien, y le cuentan con emoción a una familia entregada cómo se va desarrollando el embarazo; y la suegra le da recetas para evitar las nauseas, y la abuela teje mantitas, y el abuelo va solícito a hacer la compra para que no se canse la futura madre y el marido tiene serias dudas sobre hasta cuándo ella puede montar en moto o ponerse el cinturón en el coche. Yo cada vez que logro un nuevo código de barras veo cómo se va alargando el camino. Y cuando la familia y los amigos me preguntan por el proceso no tengo más opción que reírme de mí misma para escurrir el bulto (¡Todo va estupendamente! lo he encargado justo para entrar al colegio con tu hijo aún nonato, antes sería una pérdida de tiempo) o masticar un relato más o menos optimista sobre la grisura de una espera amorfa que semeja ser interminable.
Tengo envidia. Una envidia loca de mis amigas y primas. Pero que nadie me malinterprete. No ansío sus embarazos, ni sus hijos biológicos. No me interesan las pataditas, me alegro de ahorrarme el parto y no me importa renunciar a dar de mamar. No tengo interés en que se me parezcan los niños. Asumo con alivio no pasarles mis taras y estoy deseosa de enfrentar junto a ellos sus problemas heredados.
No quiero otros hijos, quiero los míos, que son adoptados. Cada vez que alguien me dice, para darme ánimos, eso de "no te preocupes, ya verás, en cuanto vengan los mexicanos te quedarás embarazada" se me clava una espinita en el corazón y me dan ganas de abofetear al bienintencionado bocazas. No necesito quedarme embarazada para ser madre. Parece que los demás piensan, cuando dicen frases como esa, que los niños que están de camino son hijos a medias, remiendos, segundos platos, soluciones de tercera para un quiero y no puedo. Deseo la naturalidad y la ilusión con la que todo el mundo vive la maternidad de mis amigas, quisiera la plenitud que a ojos de los demás tiene su gravidez. Anhelo para mis hijos el valor intrínseco que tienen los suyos antes de nacer.
También me da mucha envidia la previsibilidad del embarazo, el control de mis amigas sobre los tiempos de su maternidad. Para ellas, como para mí, todo se puede acabar malamente antes de plazo. Pero si no es así, si se cuidan y tienen suerte, lo normal es que al cabo de nueve meses de preparación llegue su hijo. Simple. Sólo tienen que vivir despacio, comer bien, dormir sus horas e ir a revisiones médicas durante un periodo definido, y al terminar ese intervalo llega un bebé. Al médico se le pueden perder los resultados de la analítica o los padres pueden dudar sobre en qué hospital dar a luz, pero ello no interfiere en el plazo, el feto sigue creciendo pase lo que pase. Vendrá en nueve meses, puede que un poco antes, pero nunca más tarde. En mi caso yo no controlo nada del proceso. Mi papel se limita a bailar al son que me marca la burocracia en los tiempos que a ella se le antojan. Si no zapateo bien los pasos que dicta o se le ocurre complicar la danza, cada fase se alarga de modo indefinido, según se le ocurra a la autoridad competente. Pasa el tiempo y sigo siendo una madre en nebulosa. No sé si será niño o niña, si uno o varios, si tendrán pocos meses o algunos años. ¿Habrán nacido ya? ¿Serán indígenas o gueritos? ¿Viven en familia o nacieron en orfanato? Quiero con el alma a quien no me atrevo a poner cara, ni edad, ni sexo, ni siquiera número. No sabía que se podía almacenar tanto amor y tengo miedo de que se ensucie en la espera con tanta frustración burocrática y social acumulada.
Así que aquí estoy esta noche. Haciéndo un striptease emocional improvisado. Porque tengo ganas de dejarme llevar por la imaginación y pensar que podremos ir a México estas navidades, y quiero creer que será posible lo que propone el padre de la amiga de mi marido, y me permito fantasear con que vuelvo en enero o febrero con mis hijos, y heredo el carrito de Eva, y voy a la playa con Belén a hacer castillos de arena con mis hijos y sus primos; quiero poder soñar con que Agus, ya sin naúseas, augure un desarrollo lento pero normal en la dicción de mis niños, y con pasar un fin de semana rural y naturista con Marta vigilando desde lejos como sus hijos y los míos trepan a los árboles...
...Y mi madre haciendo rosquillas, embadurnando de masa las narices de sus nietos, y mi padre contándoles el cuento del abuelo Lucho...
... y yo dándole uso, al fin, a todo este amor que me sobra.