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gando entre los murmullos del pueblo, y el pajecillo sintió miedo y le dejó.
Y cuando llegó al gran pórtico de la Catedral, los soldados tendieron sus alabardas y dijeron:
- ¿Qué buscas aquí? Nadie puede entrar por esta puerta salvo el rey.
Y su faz se inflamó de cólera y les dijo:
- Yo soy el rey -y, apartando sus alabardas, siguió adelante.
Y cuando el anciano obispo le vio llegar con su traje de cabrero, se levantó preocupado de su trono y yendo a su encuentro le dijo:
- Hijo mío, ¿es éste el atuendo de un rey? ¿Con qué corona voy a coronarte y qué cetro pondré en tu mano? Indudablemente debiera ser para tí un día de gozo y no un día de humillación.
- ¿Podrá el gozo vestir lo que se ha hecho a base de dolor? -dijo el joven rey. Y le contó sus tres sueños.
Y cuando el obispo los hubo oído, frunció el ceño y dijo:
- Hijo mío, yo soy un viejo en el invierno de mis días, y sé que se hacen muchas cosas malas en el gran mundo. Los feroces bandidos bajan de las montañas, se llevan a los niños y los venden a los moros. Los leones están al acecho de las caravanas y se abalanzan sobre los camellos. El jabalí destroza los trigales en el valle, y las
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