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No sólo ella se la pasaba con el alma en un hilo. Consuelo y yo también esperábamos con zozobra la llegada de la noche y el regreso de mi padre del taller; la cara y los ojos enrojecidos y la nariz ligeramente hinchada presagiaban un seguro escándalo que iniciaría con injurias y gritos que llenaban toda la casa rasgando el silencio de la noche. Nosotras tratando de defender a mamá, puertas se azotaban, platos se rompían, empellones, amenazas, y en algunas ocasiones hasta golpes. Al final el ronquido seco y murmurante de papá y en nosotras un profundo sentimiento de desolación. Así fue desde que recuerdo, andaría yo entre los cuatro y cinco años. Sus peleas parecían eternas. Cuando la calma retornaba a la casa, yo lloraba sin parar mientras Consuelo, con una mal disimulada angustia, limpiaba mi llanto y sin decir palabra desvanecía los estropicios.
Yo, al lado de mamá, había permanecido siempre entretenida con sus sueños y problemas, despreocupada de los juegos de las niñas de mi edad. En el momento en que todos dormían, me acomodaba en el banco de la sala, junto a una muñeca de trapo que hacía unos días me habían traído los Reyes Magos, y a la débil luz de la luna que se filtraba por las cortinas urdía mil maneras de sobrevivir lejos de nuestro hogar, para no presenciar esa situación una vez más. En tanto, percibía aquel silencio instalado en el pueblo desde siempre, cortado a veces por el unánime canto de los grillos, acompañado de los rezos inteligibles mezclados con el llanto delgado y opaco de mamá, quien arrodillada ante el crucifijo y con una vela en la mano rezaba el rosario con tal devoción que parecía diluirse con la imagen para escapar de su presente. Cuando el cirio languidecía, su entereza y oraciones concluían para dar paso a sus ahogados sollozos.
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