Thursday, November 29, 2007
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llegar sano y salvo al término de mi viaje, no tardé en hallarme en esta ciudad de El Cairo, que es tu ciudad, Cuando llegué, todos los corredores, avisados de mi viaje, me rodearon y yo les di las telas, y salieron en todas direcciones a ofrecer mis géneros a los principales compradores de los zocos.
Entonces un día, después de salir del hammam, descansé un rato, almorcé un pollo, bebí algunas copas de vino, me lavé enseguida las manos, me perfumé con esencias aromáticas y me fui al barrio de la kaisariat Guergués, para sentarme en la tienda de un vendedor de telas llamado Badreddin Al-Bostaní.
Pero mientras conversábamos vimos llegar a una mujer con un largo velo de seda azul. Y entró en la tienda para comprar géneros, y se sentó a mi lado en un taburete. Y el velo, que le cubría la cabeza y le tapaba ligeramente el rostro, estaba echado a un lado, y exhalaba delicados aromas y perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba las almas y arrebataba la razón.
Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no le parecieron bastante lujosas, dijo a Badreddin: “¿No tendrías por casualidad una pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?”. Y Badreddin fue al fondo de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias piezas de tela sacó una de seda blanca tejida con hilos de oro puro, y luego la desdobló delante de la joven.
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cia es inseparable del amor. Según la Abuela Hilda, que veía lo invisible, si Sally se casaba con Jason no sería por locura de amor, sino para quedarse en nuestra familia.
El único empleo temporal que consiguió Jason después de graduarse en el college fue en un centro comercial, sudando en un traje absurdo de Santa Claus. Al menos sirvió para que entendiera que debía continuar su formación y obtener un título profesional. Nos contó que la mayoría de los Santa Claus eran unos pobres diablos que llegaban al trabajo con varios tragos de alcohol entre pecho y espalda, y que algunos manoseaban a los niños. En vista de eso, Willie decidió que los nuestros contarían con su propio Santa Claus y se compró un disfraz espléndido de terciopelo rojo orillado con auténtica piel de conejo, una barba verosímil y botas de charol. Quise que escogiera algo más barato, pero me anunció que él no se ponía nada ordinario y, además, había muchos años por delante para amortizar el disfraz. Esa Navidad invitamos a una docena de niños con sus padres; a la hora señalada, bajamos las luces, alguien tocó música navideña en un órgano electrónico, y Willie apareció por una ventan con su bolsa de regalos. Se produjo una estampida de pavor entre los más pequeños, menos Sabrina, que no le tiene miedo a nada. “Ustedes deben de ser muy ricos para que Santa Claus venga en una noche tan ocupada”, comentó. Los niños mayores estaban encantados, hasta que uno de ellos manifestó que no creía en Santa Claus y Willie replicó furioso: “Entonces te quedas sin regalo, mocoso de mierda”. Ahí terminó la fiesta. De inmediato los niños sospecharon que debajo de la barba se escondía Willie, quién si no, pero Alejandro puso término a las dudas con un razonamiento irrefutable: “No nos conviene saber. Esto es como el ratón que trae una moneda cuando se cae un diente. Es mejor que los padres piensen que somos tontos”. Nicole era todavía muy joven para participar en aquella farsa, pero unos años más tarde las dudas la consumían. Le tenía terror a Santa Claus, y cada Navidad debíamos acompañarla al baño, donde se encerraba.
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