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algunas estratagemas para mejorar tu suerte. La mejor de ellas era hacerse de la banda militar, para lo cual había que tocar algún instrumento metálico (y sacarle brillo), o bien aporrear un tambor -una ocupación para la cual mi talento musical me hacía idóneo.
Me apunté a ella y me dieron un librito de música de tambor, un par de palillos de nogal americano y un tambor con bordón de lo más bonito, con sus cuerdas trenzadas y sus aros de colores. Las deprimentes tardes en que el resto de los alumnos del colegio se mantenían en posición de firmes bajo la lluvia, aguantando las voces y los insultos de un hombre al que conocíamos con el nombre de Marsopo, que se tomaba francamente en serio el asunto de jugar a los soldaditos, los tambores tonteábamos sin profesores en la Sala de Tambores, fumando, bromeando y practicando nuestros paradiddles, redobles, flams y ratamacues.
Una o dos veces al trimestre teníamos que salir a tocar lo que se suponía que habíamos aprendido. Salíamos de nuestra Sala de Tambores como el grupo de muchachos-soldado más vergonzosamente desaliñados que imaginarse pueda, aparte de Osborne, el tambor mayor, que se contoneaba al frente haciendo girar sus bastones y Hopkins, el galés zopenco que aporreaba el gran bombo. Estos personajes tenían todo el aire de pompa y amenaza de una Marcha de la Orden de Orange de dos hombres, pero afortunadamente les superábamos en número. El resto de nosotros arrastrábamos los pies riendo y bromeando mientras el Marsopo se ponía cada vez más furioso. Girábamos a la izquierda cuando hubiéramos debido girar a la derecha; nos deteníamos cuando hubiéramos debido marcar el paso; formábamos a la derecha cuando hubiéramos debido formar a la izquierda; y lo hacíamos todo desternillándonos de risa contenida.
De todos modos, el resultado de todo esto fue que aprendí a tocar el tambor, lo cual se convirtió en una extraña
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