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- Molly, no tiene sentido que vayamos todos a Madame Malkin -objetó su marido-. ¿Por qué no dejas que Hagrid los acompañe a ellos tres y nosotros vamos con Ginny a Flourish y Blotts a comprarles los libros de texto?
-No sé, no sé -respondió ella, angustiada; era evidente que se debatía entre el deseo de terminar las compras deprisa y el de mantener unido el grupo-. Hagrid, ¿crees que…?
-No sufras, Molly, conmigo no va a pasarles nada -la tranquilizó éste agitando una peluda mano del tamaño de la tapa de un cubo de basura.
La señora Weasley no parecía muy convencida, pero permitió que se separaran y salió presurosa hacia Flourish y Blotts con su marido y Ginny, mientras que Harry, Ron, Hermione y Hagrid se dirigieron hacia el establecimiento de Madame Malkin.
Harry advirtió que muchas de las personas con que se cruzaban tenían la misma expresión atribulada y atemorizada que la señora Weasley, y ninguna de ellas se detenía a hablar; los compradores permanecían juntos formando grupos muy unidos y no se distraían. Tampoco había nadie que hiciera las compras solo.
-No sé si vamos a caber todos ahí dentro -observó Hagrid tras detenerse delante de la tienda de Madame Malkin y mirar por el escaparate-. Si os parece bien, me quedaré vigilando aquí.
Así que los tres amigos entraron en la pequeña tienda. A primera vista parecía vacía, pero tan pronto la puerta se hubo cerrado tras ellos, oyeron una voz conocida detrás de un perchero de túnicas de gala con lentejuelas azules y verdes.
-…ningún niño, por si no te habías dado cuenta, madre. Soy perfectamente capaz de hacer las compras por mi cuenta.
Alguien chascó la lengua, y luego una voz que Harry identificó como la de Madame Malkin dijo:
-Mira, querido, tu madre tiene razón; en los tiempos que corren no es conveniente pasear solo por ahí, no tiene nada que ver con la edad…
(…)