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como un eco, por el otro lado. Entonces se abrió un callejón entre la multitud y un hombre gris subió lentamente hacia la cima del vertedero. Lo único que le distinguía de los demás era que el color ceniciento de su cara era casi blanco.
Finalmente se detuvo ante la mesa del tribunal.
- ¿Es usted el agente BLW/553/c? -le preguntó el de en medio.
- Sí, señor.
- ¿Desde cuándo trabaja usted para la caja de ahorros de tiempo?
- Desde mi origen.
- Eso se sobreentiende. Guárdese esas observaciones superfluas. ¿Cuándo fue?
- Hace once años, tres meses, seis días, ocho horas, treinta y dos minutos y ahora, exactamente, dieciocho segundos.
Aunque este diálogo se llevaba en voz baja y, además, tenía lugar bastante lejos, el viejo Beppo podía entenderlo palabra por palabra.
- ¿Sabe usted -prosiguió el interrogatorio el hombre de en medio- que hay en esta ciudad un número no desdeñable de niños que hoy han paseado por toda la ciudad carteles y pancartas y que, encima, tenían el terrible plan de invitar a toda la ciudad para informarla acerca de nosotros?
- Lo sé -respondió el agente.
- ¿Cómo se explica usted -siguió impertérrito el juez- que esos niños tuvieran noticia de nosotros y nuestras actividades?
- No me lo explico -contestó el agente-. Pero si puedo permitirme una observación a este respecto, quisiera recomendar al alto tribunal que no se tomara demasiado en serio todo el asunto. Una niñería sin importancia, nada más. Además, ruego al alto tribunal que tenga en cuenta que no nos ha costado nada impedir la asamblea prevista, al no dejarles tiempo a los adultos. Pero aun cuando no lo hubiéramos conseguido, los niños no habrían podido
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