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tardará alguna de las mentes pensantes de nuestro país en reclamar, en nombre del hecho diferencial, un poco de comprensión hacia el representante islámico.
A esos intelectuales habría que decirles que en nombre de la cultura no pueden perpetuarse situaciones que atentan contra los derechos humanos. Y pegar a una mujer es contrario a los derechos humanos, pero también lo es forzarla a mantenerse al margen de la vida pública u obligarla a cubrirse con un velo, que la convierte en un objeto sexual. Como dice Charhdortt Djavann en el libro ¡Abajo el velo!: <<Una mujer cubierta con un velo es un objeto que lleva un cartel que dice: “Prohibido mirar. Se puede tan solo fantasear”>>.
Nosotros aun no tenemos el grave problema que se vive en los barrios periféricos de las ciudades francesas. Las chicas todavía no sufren violaciones por el hecho de no llevar el velo, pero, si no nos ponemos a trabajar, también nos llegará. En realidad, ya hay barrios que han experimentado un endurecimiento de las normas a partir de la construcción de mezquitas y con la llegada de imanes.
Disponemos de tres formas de lucha. La primera, ofreciendo una instrucción impecable a las inmigrantes ya sea en los colegios de primaria o en los institutos de secundaria, ya sea creando escuelas de adultos que les permitan integrarse plenamente en los valores democráticos. La segunda, manifestándonos contrarias y contrarios a cualquier norma religiosa -y aquí es preciso darse cuenta de que religiosa es sinónimo de cultural- que atente contra los derechos humanos; en ningún caso podemos adoptar una postura tibia y conciliadora. Y la tercera, exigiendo la separación de estado e iglesia; ¡cualquier iglesia!
Si una mujer adulta quiere ponerse el velo o defender al imán de Fuengirola está en su derecho (??) de alienarse, pero protejamos a las criaturas y a las jóvenes inmigrantes de la alienación.
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