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El país de los apodos
El gallego acostumbra ser bendecido dos veces. En ninguno de los dos casos el gallego puede rechistar. De mala o buena gana aprende a soportar el nombre de pila religioso y el apodo civil laico para toda la vida. Nada ni nadie podrá librarlo del nombre, ni del sobrenombre, ni del agua fría.
En Galicia la gente se llama de dos maneras. Uno de los nombres es el oficial, acompañado de los apellidos. Sirve sobre todo a efectos burocráticos y administrativos. El gallego es reconocido al completo, sin mutilaciones de identidad, en instancias trascendentales y sumamente benéficas: Iglesia, Registro Civil, Caja de Reclutas, INEM, Instituto de la Emigración, Delegación de Hacienda, Pompas Fúnebres. Su nombre figura sin recortes, es para la posteridad, en la Partida de Bautismo y en el Certificado de Defunción. Pero en el ciclo que va de la A a la Z, de la pila bautismal a los auxilios espirituales, el gallego será bautizado de nuevo, de forma pagana, por sus congéneres. Tendrá un segundo nombre que con el tiempo será el primero, el auténtico, el que realmente lo identifique ante la tribu sin confusión posible.
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