Wednesday, August 8, 2007

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grandes, hasta que mi señor padre me dijo, llévalos al mercado, José Nicasio, y así lo hice y comencé a vender mis pinturitas. Hasta que el señor profesor de la ciudad de Oaxaca vio lo que hacía y me llevó a vivir a la ciudad (con permiso de mi señor padre) y allí crecí aprendiendo a leer y escribir y a pintar con una alegría tan grande, señora, como si yo mismo hubiera sido un papel de amate o un muro de adobe que poco a poco se va cubriendo de cal y canto y baba de maguey, hasta convertir la pared de tierra en algo tan suave y liso como la espalda de una mujer… No fue fácil, señora, no se ande usted creyendo. Algo en mí tiraba siempre de regreso al pueblo, como dicen que la cabra tira al monte. Mi nueva felicidad no alcanzaba a hacerme olvidar mi vieja felicidad de niño sin letras, sin la castilla, descalzo sin más vestido que un pantalón de dril y una camisa blanca ya muy luida y huaraches embarrados de lodo. Y otra camisa blanca muy tiesa y pantalón negro muy planchadito y zapatos una vez a la semana para ir como gente decente a misa… Ahora, en la ciudad, yo ya era gente decente, me educaba, leía, iba a la escuela, conocía a personas llegadas de México y a los amigos que iban a visitar el estudio del señor profesor. Pero yo le juro a usted que un cacho enorme de mi alma seguía amarrado a la vida que dejé, al pueblo, al mercado, al ruido de burros y cochinos y guajolotes, los lechos de petate, las cocinas de brasero, los guisos pobres, los olores ricos… Sólo que al regresar al pueblo los domingos y los días de guardar, era como ofender a los que se quedaban, refregarles en la cara que yo pude salirme y ellos ya no. Le juro que no es purita sospecha. Un día volví por puritita emoción, señora,

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Posted by laindependiente in 18:16:46 | Permalink | No Comments »