Informe Psicosocial.
Mañana nos visita la trabajadora social en la casa nueva. Tenemos que entregarle, entre mil papeles más, la historia de nuestra vida, cada uno la suya.
Ayer mi chico y yo estuvimos hasta las cinco de la madrugada resumiendo. Sus 35 años quedaron condensados en cuatro folios, mis 28 en otros tantos. Luego nos pusimos a fotocopiar toda la documentación que tenemos que entregar para que nos hagan el informe social. Desde las escrituras de Tulúm hasta el padrón municipal. Nos faltan cosas: certificados de penales, de salud… Hay documentos que ya hemos dado en la comunidad de Madrid y que debemos soltar ahora de nuevo. En su momento (¡novatos!) no hicimos copia.
Nada más hemos empezado los trámites y tenemos rebosante una carpeta inmensa de papeles. ¿Creíamos que los niños venían de la unión de un espermatozoide con un óvulo? MENTIRA. Los nuestros, que son tan originales, vienen de tres declaraciones de la renta y un certificado de matrimonio compulsado…
Ahora repasaré el texto de ayer, añadiré la convivencia con Albertito, el niño de acogida que esas mismas trabajadoras que deben analizarme devolvieron a su madre todavía yonki después de un año en nuestra familia… Omitiré mis opiniones. Burocracia, burocracia, burocracia… “Mis padres se casaron siete años antes de que yo naciera. Mi padre era comercial de una fábrica de azulejos, mi madre pasaba consulta en el psiquiátrico de Cantoblanco.(…)” Podrían ser una puta esquizofrénica y su chulo psicópata. No lo comprueban. Ya hemos pagado.
El viernes tuvimos nuestra primera cita con la psicóloga. Pregunta cosas como “¿Os da pena la situación desgraciada de vuestros hijos? ¿Va a suponer un problema a la hora de marcarle límites?” Dan ganas de responder “Si, señora. Nosotros venimos a Estados Unidos con fines terroristas, cómo no. Y también queremos traficar con cocaína.” Y sin embargo tomamos aire y contestamos moderadamente “Nuestra intención es dar a nuestros hijos herramientas para que puedan superar su situación de desamparo y (…)”
Tanta profesionalidad me abruma, todo sea por proteger al menor.
En fin… Guardaré a mis hijos estos papeles que estoy padeciendo en el cajón de los dientes y los dibujos infantiles. Para que de mayores vean las náuseas que sufrió su madre durante el embarazo.
Lo peor de todo: la frase que impúdicamente me espetó la trabajadora social en la primera reunión “Seamos realistas. Esto es un mercado, legal, pero mercado a fin de cuentas. México dará a sus niños a la familia que considere más capacitada. La capacitación que van a mirar es el dinero.”
Lo mejor de todo: Tenemos capacidad de sobra.