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al setter de Diana y podía estar horas tirándole la pelota, y a David aquello le molestaba por dos razones; la primera, porque a él le habría gustado pasar las mañanas de los sábados en la cama con Diana, viendo al tele, releyendo revistas viejas o haciendo el amor, aunque era cierto que cada vez lo hacían con menos frecuencia y pasión; y, la segunda, tremendamente infantil y casi inconfesable hasta para él mismo, porque tenía celos de la niña, porque sentía que Diana le dedicaba a la cría de trencitas unas sonrisas tiernas, unos apelativos mimosos que en el pasado le había dedicado a él y quizá por eso, vaya uno a saber, David seguía dejando los calzoncillos tirados en el suelo, para llamar la atención de Diana que creía estar perdiendo. Él se había levantado a las cuatro de la tarde, se había puesto los primeros vaqueros y una camiseta que encontró en el armario, había bajado al bar de la esquina a por un bocadillo y, al volver a casa, se dio una ducha; después se envolvió en el albornoz y se puso a ver la tele. Era cierto que se le había olvidado recoger los vaqueros y la camiseta, que estaban desparramados en el suelo del cuarto de baño. Era cierto también que Diana llevaba tres años diciéndole que no dejara la ropa tirada, que estaba harta de tener que ser ella la que la colgara en el armario, como era cierto que él seguía pasando millas de lo que Diana decía. Así que David se levantó del sillón, fue al cuarto de baño, se quitó el albornoz, se puso los vaqueros y la camiseta, se calzó unas zapatillas y se largó a la calle pegando un sonoro portazo. Bajó a un bar y pidió dos carajillos. Cuando los hubo acabado, ya de mejor humor y más entonado, recibió una llamada de su amigo Víctor Coyote que le decía que había un concierto en el Siroco a las nueve. Le pareció un buen plan. En el Siroco, la camarera le ponía siempre las copas gratis por aquello de que David era famosillo o, al menos, lo había sido. Cuando cerraron el local, a
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