Wednesday, June 13, 2007

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sino pensamientos y tentaciones fugaces. Sin embargo, seguro que era culpable y que, sin querer, René la castigaba por una falta que no conocía (puesto que era interior), pero que Sir Stephen había descubierto al instante: la facilidad. O se alegraba de que René la hiciera azotar y la prostituyera, porque su apasionada sumisión daba a su amante la prueba de su entrega, pero también porque el dolor y la vejación del látigo y el ultraje que le infligían los que la forzaban al placer cuando la poseían y gozaban sin tener en cuenta si ella gozaba o no, le parecían el medio de conseguir la redención de su falta. Ciertos abrazos le parecieron inmundos, ciertas manos que fueron sobre sus senos un insulto insoportable, ciertas bocas que aspiraron sus labios y su lengua como fláccidas e innobles sanguijuelas, y ciertas lenguas y ciertos miembros como bestias viscosas que al acariciarse en su boca cerrada, en el surco de su vientre y de su grupa, apretado con todas sus fuerzas, la tensaban de rebeldía hasta que el látigo la reducía, pero a los que al fin se abría con un asco y un servilismo abominables. Pero, ¿y si, a pesar de todo, Sir Stephen tenía razón? ¿Y si su envilecimiento le fuera grato? Entonces, cuanto mayor fuera su vileza, más misericordioso sería René al consentir en hacer de O el instrumento de su placer. Cuando era niña, leyó, en letras rojas sobre la pared blanca de una habitación en la que se alojó durante dos meses en el País de Gales, un texto bíblico de los que suelen inscribir los protestantes en sus casas: <<Es terrible caer entre las manos del Dios vivo>>. <<No>>, se decía ella ahora, <<no es verdad. Lo terrible es ser rechazado por las manos del Dios vivo.>> Cada vez que René demoraba la hora de verla, como había hecho aquel día, y tardaba -porque ya habían pasado las

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Posted by laindependiente at 21:40:39 | Permalink | No Comments »