Tuesday, June 5, 2007

Página 113 de 84-8130-130-2

(…)

recuerdos le eran insoportables, tanto tiempo hacía que no le habían impresionado.

    Multitud de pensamientos inexpresables le persiguieron durante todo el día.

    Cuando el sol declinaba ya, alargando en el suelo la sombra de la menor piedrecilla, Jean Valjean se sentó detrás de un matorral, en una gran llanura rojiza, absolutamente desierta. En el horizonte, sólo se descubrían los Alpes. Ni siquiera el campanario de algún pueblecillo lejano. Jean Valjean estaría a unas tres leguas de Digne. Un sendero, que cortaba la llanura, pasaba a algunos pasos del matorral.

    En medio de esta meditación, que no hubiera contribuido poco a hacer más temerosos sus harapos para todo aquel que le hubiese encontrado, oyó un alegre ruido.

    Volvió la cabeza y vio venir por el sendero a un pequeño saboyano, de unos diez años, que marchaba cantando, con su zanfonía al costado y una caja a la espalda; uno de esos niños dulces y alegres que van de comarca en comarca, enseñando las rodillas por los agujeros de los pantalones.

    Mientras cantaba, el muchacho interrumpía de vez en cuando su marcha y jugaba con algunas monedas que llevaba en la mano, probablemente toda su fortuna. Entre aquellas monedas, había una pieza de cuarenta sueldos.

    El niño se detuvo al lado del matorral, sin ver a Jean Valjean, y tiró a lo alto las monedas que hasta entonces había cogido con bastante habilidad en el dorso de la mano.

    Esta vez, la moneda de cuarenta sueldos se le escapó y fue rodando por la yerba hasta donde estaba Jean Valjean.

    Éste le puso el pie encima.

    Pero el niño había seguido la moneda con la vista y lo había observado.

    No se sorprendió y fue derecho hacia el hombre.

    Era un lugar completamente solitario. En todo lo que la mirada podía abarcar, no había nadie en la llanura ni en el sendero. No se oían más que las débiles piadas de una nube de pájaros que cruzaban el cielo a gran altura. El niño volvía la espalda al sol, que ponía hebras de oro en sus cabellos, y que teñía con una claridad sangrienta el rostro salvaje de Jean Valjean.

-Señor -dijo el pequeño saboyano, con esa confianza de la infancia, que se compone de ignorancia y de inocencia-, ¡mi moneda!

-¿Cómo te llamas? -preguntó Jean Valjean.

(…) 

Posted by laindependiente in 13:33:38 | Permalink | No Comments »

Ayer no pude comprar nada…

 
Posted by laindependiente in 11:08:58 | Permalink | No Comments »