Página 113 de 84-670-2029-8
(…)
potente y malvado, luego no es Dios. Si quiere y puede, ¿por qué no lo impide?, ¿de dónde procede el mal entonces?”.
Pero Agustín (354-430), obispo de Hipona, introduce una idea “salvadora”: el pecado cometido por Adán y Eva fue el origen del mal, lo que se llama el pecado original. Una doctrina que no se encuentra en el Antiguo Testamento y en el Nuevo podría intuirse rudimentariamente “interpretando adecuadamente” los textos: en los Evangelios ni se menciona y podría encontrarse alguna referencia indirecta y confusa en Corintios, Gálatas, Efesios y Romanos. Por otro lado, choca con la tradición cristiana primitiva, en la que, como hemos visto, el pecado de Satán ocurrió después del de Adán, por tanto, mal pudo tentar a Adán.
El Nuevo Testamento destaca más el problema del mal moral que el del mal natural y afirma que Dios creó el universo con buenos fines, pero permitió que Satán tenga un poder temporal sobre el orbe, de tal modo que actualmente “el mundo entero yace en poder del Maligno”. Según la Iglesia, con el advenimiento de Cristo y gracias a su Pasión, el diablo está siendo debilitado, pero no vencido: esto sólo ocurrirá en la segunda venida de Cristo -parusía- al final de los tiempos. Pero ¡cuidado!, que en la segunda venida Cristo someterá a Satán sólo durante mil años, después Satán se liberará y seguirá haciendo el mal, hasta que sea definitivamente vencido. Resulta, como mínimo, sorprendente que todo un Dios tenga que hacerse hombre y sufrir tortura y muerte para no conseguir vencer a Satán, solamente debilitarlo, necesitando venir otra vez para encadenarlo sólo mil años y, por lo visto, a la tercera va a la vencida. La inconsistencia, la ambigüedad y la falta de sentido de estos mitos son una herencia del judaísmo, pero son consustanciales a la teología cristiana.
(…)