Sunday, March 11, 2007
Conciencias anestesiadas.
Leo el texto de contracubierta de un libro publicado por la editorial Lumen, titulado Máxima discreción. Por lo visto, el libro narra la historia real de la propia autora, Jeannette Angell, una mujer con estudios universitarios y profesora de Antropología en la Universidad de Boston. Dice el texto que un día el novio de Jeannette la dejó plantada después de vaciarle la cuenta corriente que compartían y ella decidió contestar el anuncio de una agencia y dedicarse a la prostitución de lujo. Este oficio, ejercido libremente y desde una situación privilegiada de mujer instruida, le generó durante tres años no sólo unos ingresos suficientes como para ponerse por montera la huida del novio con sus ahorros, sino que, a partir del estudio de sus clientes, obtuvo un material muy interesante para su investigación antropológica.
Visto desde esta óptica, mucha gente se puede reafirmar en la idea de que la prostitución es un oficio como otro, que hay que legalizar.
El problema de conciencia debería generarse cuando en vez de leer las memorias de una prostituta de lujo con unas cuantas carreras universitarias, leemos las declaraciones de mujeres como la camboyana Somaly Mam, que, de niña, fue vendida por sus padres y forzada a ejercer la prostitución. A Somaly Mam le tocó ejercer de puta en los burdeles de Phnom Phenn y tuvo que vivir vejaciones, humillaciones y torturas sexuales hasta que fue adulta y pudo escapar del infierno. La experiencia vivida la ha impulsado a abrir un centro para rescatar a chicas que se encuentran en las mismas circunstancias por las que ella pasó.
Comprendo y acepto que una mujer tiene derecho a vender su cuerpo si así lo desea, pero considerando que más del noventa y cinco por ciento de las prostitutas del mundo lo son contra su voluntad, no tengo más remedio que posicionarme a su lado y declararme en contra de la legalización de la prostitución y a favor de penalizar a los prostituidores, llámense empresarios del sexo o clientes.
Actualmente en el mundo hay 4 millones de mujeres y niñas víctimas del tráfico sexual. Los beneficios económicos obtenidos de este comercio criminal se mueven entre los 7.000 y 12.000 millones de euros anuales. Los principales países receptores de estas mujeres son Japón, la India y Tailandia.
De estos 4 millones de putas contra su voluntad, no hay ninguna que sea licenciada, la mayoría no tienen otras alternativas para ganarse la vida y menos todavía tienen la posibilidad de dar clases en la universidad. Todas son pobres, una gran parte de ellas viven en zonas de conflictos armados y otras son enviadas a zonas de “recreo sexual” para turistas occidentales sin escrúpulos o que, para anestesiarlos, se dicen que si las mujeres se dedican a esto es porque quieren.
Yo no pienso dejarme anestesiar la conciencia por el espejismo de una cuantas prostitutas que declaran serlo por voluntad propia. Me alegro por ellas. Las respeto. Pero me posiciono al lado de las otras, las que son víctimas de las desigualdades entre mujeres y hombres en el mundo, víctimas de otra forma más de violencia de género.
Discutir acerca de la posible legalización de la prostitución no significa hacerlo sobre opciones individuales sino intentar resolver una cuestión estructural. Esto es: ¿Qué tipo de sociedad queremos?