Sandra (I)
La conocí hace tres meses en la plaza del 2 de Mayo. Yo paseaba con los perros y ella se paró a acariciarlos. Luego me preguntó si conocía a alguien que necesitara una empleada por horas. Dijo que sabía limpiar, planchar, cocinar y que era muy cumplidora. Dijo también que le hacía mucha falta trabajar.
No sé, me cayó bien, me pareció sincera. Le pedí su número de teléfono y me propuse preguntar en mi entorno. Cuando volví a casa hablé con mi chico y decidí contratarla. A él le pareció arriesgado ¿Qué referencias tenía? ¿Cómo sabía yo que era honesta? Iba a metera una extraña en nuestro hogar sin saber nada sobre ella. Prometí informarme.
LLamé a Sandra esa misma noche y quedamos en vernos la mañana siguiente en el bar bajo mi casa. Le expliqué cuales eran mis necesidades y qué sueldo podía pagarle. A ella todo le pareció correcto, estaba agradecida. A mí me volvió a caer bien, me siguió pareciendo sincera. Decidí asumir el riesgo de contratarla.
Subimos a mi casa, charlamos; le conté que mi marido y yo queríamos adoptar un niño, me dijo que ella era huérfana; me contó que ella era paraguaya, le dije que mi esposo era mexicano; le conté que hubiera querido vivir en Brasil un tiempo, me dijo que sus antiguos jefes vivían en Rio de Janeiro; me contó que llevaba dos años en España, le dije que a mí me quedaban otros dos para irme; le conté… me dijo… me contó… le dije… Nos fuimos conociendo.
Al cabo del mes de prueba nos considerábamos amigas. Habíamos trepado sobre nuestras diferencias socioculturales y disfrutábamos mucho cuando estabamos juntas. Me contó su vida y yo le conté la mía. Corroboramos lo que ya sabíamos: que no es lo mismo no saber leer que ser universitaria, que no es igual crecer en la selva de un país tercermundista que en una capital europea, que no se parece en nada tener una familia protectora que criarse de sirvienta. Y al mismo tiempo, compartiendo anécdotas cotidianas, también vimos que nos preocupaban lo mismo nuestos ciclos menstruales, que nos parecían graciosas las bromas que hacía la otra, que soñabamos las dos con tener nuestro propio negocio, que teníamos un concepto parecido de bondad, que nos parecían ignorantes las mismas personas y mezquinos los mismos razonamientos, que eramos igual de lloronas e impulsivas.
Continuará…