El puzzle nuevo.
Nunca he entendido la poesía de los puzzles: tener una imagen, recortarla y luego pasar las horas volviendo a unir pieza con pieza. Quizá es por eso por lo que soy tan mala haciéndolos.
Sin embargo mi marido es un adicto. Y ahí está, en el salón, con los girasoles de Van Gogh en mil pedazos. Ya tiene montado el borde, gran parte de la mesa y casi todo el jarrón. Pasan las horas y no levanta la vista del dibujo. Su capacidad de abstracción me admira. Agrupa las piezas por colores y luego por tonos, prueba siempre dos o tres erróneas antes de encontrar la correcta. Al fin, cuando la coloca, da un par de golpecitos con los dedos para asegurarse de que está realmente en su sitio. Luego, sin impacientarse, vuelve a buscar en el montón cómo llenar el siguiente hueco.
Hace esto mil veces ¿No te parece increible? A mí me encanta observarle desde la puerta. Esta noche ha levantado la vista y me ha sonreído con un pétalo en la mano, suspendido en el aire. Ha sido un momento perfecto.
