Semana feroz.
Migrañas interminables, demasiados perros, dificil comunicación familiar, mucho tráfico, pocos reflejos, excesivo trabajo, múltiples temas pendientes…
Estos días están siendo algo complicados… Menos mal que ya me duele menos la cabeza.
Migrañas interminables, demasiados perros, dificil comunicación familiar, mucho tráfico, pocos reflejos, excesivo trabajo, múltiples temas pendientes…
Estos días están siendo algo complicados… Menos mal que ya me duele menos la cabeza.
Ansias de respirar a bocanadas, de salir corriendo y llegar muy lejos. Vestir nada más que una túnica amplia. Volar sin maletas con ropa de abrigo. Andar erguida, el mentón pegado al cuello, embistiendo el camino de frente, con los ojos perdidos en el horizonte. Quizá un libro, cualquiera, entre las manos.
Vivir hacia dentro, en silencio. Hablar despacio, bajo, a bocajarro. Mirar y sonreír. Mirar y llorar. Reir a carcajadas, llorar a gritos. Con la ternura a flor de piel, con la coraza hecha jirones.
Sola. Sola del todo. Sin que nadie conozca de dónde vengo, sin tener que explicar a dónde voy. Empezar de nuevo sabiendo lo que sé, dispuesta a aprender lo que no sepa, a aprehender lo que quiera saber.
Con olfato de perra y ojos de gata. Libre.
A veces sueño con correr, pero permanezco. Estoy donde estoy para poder partir si algún día deja de compensarme. Estoy donde estoy para que siga siendo una elección quedarme.
“…
- ¿Cómo fue que empezó a escribir?
- Ella solía decir que primero siguió a sus padres sin rumbo alguno, luego a sus hombres. No tenía rol, simplemente los seguía, sin contribuir con ningún talento. Algo debo tener escondido adentro, clamaba en sus momentos de lucidez, todos tienen algo escondido, el desafío es encontrarlo, luego sacarlo; si no lo hago, pasaré mi vida entera enojada.
- ¿Y resultó efectivamente así?
- Sí. Desarrollar un talento era su consigna para protegerse: entonces nada podría herirla. Cualquier cosa bien hecha, desde escribir hasta bordar, cantar o cocinar, puede cambiarte la vida, me insistía, pero ¡cuidado!, nada de improvisaciones, hay que hacerlo bien. Que hubiese una pasión que actuara de motor: eso la haría independiente. Buscó dónde enfocar los ojos hasta dar con el blanco: las palabras. Por fin el foco se ajustó.
…”
Esta que saco ahora a la red es la web provisional, que funcionará hasta marzo (mientras estudio y tengo otros compromisos). Durante estos meses estaré preparando la empresa buena. Plantillas, edición, identidades virtuales será lo que venda entonces, pero basaré el diseño y la oferta en los resultados de esta experiencia inicial que se limita a las plantillas. Mañana empiezo a trabajar con ello.
Ahora preciso de tu ayuda. Quisiera que participaras en un “estudio de mercado” casero.
Pues eso. Ruego a amigos, conocidos, familiares, despistaos que aparecen por aquí por acción de poltergeists variados (te incluyo, claro)… que se pongan en el papel de compradores potenciales y echen un vistazo a laindependiente.com siguiendo las siguientes instrucciones (esto es como un ejercicio de sofronización tipo “imagina que estás en una playa, oyendo las olas, te pesan los músculos… bla bla bla“). Allá vamos:
Mil gracias por adelantado
A lo largo de la avenida risueña van y vienen los transeúntes, hombres y mujeres, perfumados, elegantes, insultantes. Pegado a la pared está el mendigo, la pedigüeña mano adelantada, en los labios temblando la súplica servil.
-¡Una limosna, por el amor de Dios!
De vez en cuando cae una moneda en la mano del pordiosero, que éste mete presuroso en el bolsillo prodigando alabanzas y reconocimientos degradantes. El ladrón pasa, y no puede evitar el obsequiar al mendigo con una mirada de desprecio. El pordiosero se indigna, porqué también la indignidad tiene rubores, y refunfuña atufado:
-¿No te arde la cara, ¡bribón!, de verte frente a frente de un hombre honrado como yo? Yo respeto la ley: yo no cometo el crimen de meter la mano en el bolsillo ajeno. Mis pisadas son firmes, como las de todo buen ciudadano que no tiene la costumbre de caminar de puntillas, en el silencio de la noche, por las habitaciones ajenas. Puedo presentar el rostro en todas partes; no rehuyo la mirada del gendarme; el rico me ve con benevolencia y, al echar una moneda en mi sombrero, me palmea el hombro diciéndome. “¡buen hombre!”
El ladrón se baja el ala del sombrero hasta la nariz, hace un gesto de asco, lanza una mirada escudriñadora en torno suyo, y replica al mendigo:
-No esperes que me sonroje yo frente a ti, ¡vil mendigo! ¿Honrado tú? La honradez no vive de rodillas esperando que se le arroje el hueso que ha de roer. La honradez es altiva por excelencia. Yo no sé si soy honrado o no lo soy; pero te confieso que me falta valor para suplicar al rico que me dé, por el amor de Dios, una migaja de lo que me ha despojado. ¿Qué violo la ley? Es cierto; pero la ley es cosa muy distinta de la justicia. Violo la ley escrita por el burgués, y esa violación contiene en si un acto de justicia, porque la ley autoriza el robo del rico en perjuicio del pobre, esto es, una injusticia, y al arrebatar yo al rico parte de lo que nos ha robado a los pobres, ejecuto un acto de justicia. El rico te palmea el hombro porque tu servilismo, tu bajeza abyecta, le garantiza el disfrute tranquilo de lo que a ti, a mi y a todos los pobres del mundo nos ha robado. El ideal del rico es que todos los pobres tengamos alma de mendigos. Si fueras hombre, morderías la mano del rico que te arroja un mendrugo. ¡Yo te desprecio!
El ladrón escupe y se pierde entre la multitud. El mendigo alza los ojos al cielo y gime:
-¡Una limosna, por el amor de Dios!