Este domingo fuimos a una comida campestre.
Celebramos lo que en México se denomina comunmente una kermesse, que es una fiesta al aire libre con fines benéficos. A mí este tipo de iniciativas siempre me parecieron demasiado “gringas”, pero me alegro mucho de haber participado en la de ayer.
Nos juntamos en un descampado un montón de gente, casi todos vecinos del pueblo donde se hizo. Cada familia llevó algo de comida preparada desde su casa y allí se vendió a dos euros la ración. Mi madre participó con un gran redondo de ternera relleno, y yo llevé una bandeja de croquetas. Fuimos porque nos convocó mi hermano mayor. La fiesta se hacía en honor a su cuñada.
La cuñada de mi hermano es una mujer encantadora de apenas treinta años. Está casada con un hombre al que quiere y tiene dos hijos educadísimos que comen como verdaderas limas. Todo en su vida sería perfecto si no estuviera podridita de cancer por dentro. Ella tiene sus esperanzas puestas en el Instituto Pasteur, donde quizá puedan darle algo más de tiempo, porque aquí ya la han desahuciado. Lo suyo es una lucha trágica contra el reloj: cuanto más aguante viva más ocasiones tendrán los médicos de investigar y, a lo mejor, encontrar un remedio a la enfermedad que la está matando tan a destiempo.
La comida de ayer la organizaron los miembros de la parroquia del pueblo donde vive, la consigna era recaudar fondos para poder sufragar su viaje a París. Dudo que se haya podido juntar el dinero suficiente, pero he de reconocer que me gustó la idea. Hacía mucho tiempo que no participaba en un pequeño acto solidario como éste. Es lo que tiene vivir en la ciudad; hasta la solidaridad se institucionaliza. Los únicos gestos de generosidad posible se dan, bien en en organismos oficiales (o antioficiales), o bien de forma personal e independiente.
Lo del domingo fue una lección: A partir de hoy no volveré a juzgar las iniciativa gringas con tanto sarcasmo como hasta ahora…
