Tuesday, October 3, 2006

Sara llegó a España tras su marido

hace siete años. En Ecuador estaba estupendamente situada: no trabajaba, cuidaba de sus dos hijas, vivía en una casa grande al lado del mar, conducía un buen coche y tenía cerca a sus padres, a los que adoraba. Su esposo, con el que se había casado muy joven, regentaba un negocio propio en la playa: alquilaba motos de agua y tenía una plataforma de bungee desde la que se lanzaban los turistas. Era un marido ejemplar. Trabajaba mucho, no escamoteaba el sueldo, nunca se emborrachaba y solía llegar a casa a tiempo de dar un beso a las niñas antes de que se durmieran. A veces se enfadaba con Sara si la cena no estaba preparada cuando llegaba o si la ropa que quería ponerse no estaba planchada por la mañana; pero siempre era con razón, porque tener la cena y la ropa lista eran las únicas obligaciones de ella, que a fin de cuentas no tenía otra cosa que hacer en el día.

Una mañana ocurrió un accidente en la playa: la cuerda del bungee se partió en medio de un salto y la chica que estaba atada en el extremo murió en el acto al estrellarse contra el suelo. La goma estaba pasada y el seguro no quiso saber nada de lo ocurrido. Tras unos cuantos meses de juicio el fallo fue inculpatorio para el marido de Sara, que temiendo ser encarcelado salió del país rumbo a España. Ella quedó encargada de denunciar su desaparición, pagar a los abogados y vender lo que les quedaba. Luego se reuniría con él en Europa e iniciarían una nueva vida con las niñas. Aquel fue un año durísimo y la ingenua ama de casa tuvo que aprender mucho: Lidió con abogados, jueces y acreedores, malvendió todas sus pertenencias, se deshizo del coche, remató las motos de agua, aguantó amenazas, perdió amigos y tuvo que consolar a sus hijas cuando volvieron de la escuela llorando porque los compañeros llamaban asesino a su papá.

Finalmente, aunque se le rompió el corazón al despedirse de la familia, suspiró aliviada mientras subía en el avión. Tenía esperanza en el futuro. Su esposo ya trabajaba al otro lado del mar y había alquilado un piso modesto con dos habitaciones a las afueras de Madrid. La pesadilla había terminado.

Tardó poco en adaptarse a su nueva vida. Lo más difícil fue retomar la relación de pareja. A él no le sentaba bien la pobreza, y le costaba asumir los pequeños gastos que requerían su mujer y las hijas. Ahora daba a regañadientes el dinero que se le pedía para la administración de la casa, requería justificación de cada compra y lo negaba si consideraba que no era oportuna. En esta nueva situación Sara, que ya no era la mujer sumisa y dependiente que él dejó en Ecuador un año antes, decidió buscar empleo. Su marido consideraba la idea pésima: ¿Quién iba a hacerse cargo de las niñas? ¿Cómo podría apañarse con el cuidado del piso? ¿De qué iba a trabajar si no tenía papeles? Porque las ecuatorianas en España sólo eran empleadas de hogar, y ella no iba a desatender su casa por la de otros a cambio de una miseria, faltaría más.

(continuará)

Posted by laindependiente at 22:20:29 | Permalink | No Comments »

En dos minutos se lee el PDF…

Posted by laindependiente at 13:22:59 | Permalink | No Comments »