Tuesday, September 5, 2006
Mi perra Frida.
Tengo dos perras en casa. Frida, la mayor, vino cuando ya tenía cumplidos los dos años. Es decir, llegó con sus propias manías.
Le costó acostumbrarse a comer pienso seco, porque en la casa donde se había criado comía de todo lo que se pusiera en la mesa al mismo tiempo que sus dueños, que le daban de comer con su propio cubierto. A veces, al principio, la perra se negaba a entender el cambio de normas, y a la mínima que me despistaba ya había desaparecido el filete de mi plato. Entonces, cuando me daba cuenta, la echaba a empujones del comedor familiar gritando improperios para no dejarla entrar durante el resto del día.
También le supuso bastante esfuerzo acostumbrarse al horario de salidas, sobre todo en las mañanas. En su vida anterior pasaba las noches y parte del día en un cuarto reservado para los perros, en el que podía hacer sus necesidades sin problemas. Al llegar a mi casa tardó mucho en comprender que por las noches tenía que refrenar su vejiga. Pocas cosas hay tan desagradables como madrugar de mala gana para pisar descalza un charquito de orines en el camino a la ducha.
En esa época mi perra, sin entender muy bien qué pasaba, pegaba el vientre al suelo y me miraba indefensa desde allá abajo mientras a mí me salían espumarajos por la boca, arremetía con un periódico enrollado contra su lomo y le acercaba el hocico con gesto violento a la mancha del suelo. Demoró algunos meses en enterarse de qué era lo que pasaba, y yo procuré, mientras tanto, encerrarla a dormir en el cuarto de la lavadora, donde sólo cabía su cojín; porque descubrí que estando en un espacio pequeño se aguantaba las ganas hasta que podía salir a la calle.
Exceptuando esos momentos desagradables del principio, Frida y yo tenemos una relación feliz plagada de paseos por la plaza, pelotas, siestas compartidas en el sofá y millones de caricias y lametones.
A veces, cuando mi marido y yo nos vamos de viaje y no podemos llevar a las perras con nosotros, las dejamos en casa de mis padres o de mi suegra. Cualquiera de las dos opciones a ellas les encanta.
En casa de mis padres hay otros dos perros con los que jugar; también hay un patio grande por el que pueden correr todo el día y toda la noche, porque la puerta está siempre abierta; y mis hermanas se ocupan de darles a diario tras la comida algo de carne de las sobras familiares.
En casa de mi suegra no hay patio y las perras son inmisericordemente bañadas y perfumadas varias veces a la semana. Es algo que odian; pero a cambio comen de forma espléndida a base de pollo y jamón, y pasan las tardes paseando por el Retiro. Cuando quieren orinar no tienen más que acercarse a la puerta de la calle con gesto compungido, sabedoras de que a cualquier hora del día o de la noche mi suegra cogerá las correas para dar un paseo que siempre es más largo que la vuelta a su manzana.
El conflicto llega cuando volvemos. Se alegran infinito de encontrarnos y corren las primeras al portal cuando estamos llegando a casa, con los rabos locos rodando de lado a lado. Pero invariablemente, los primeros días, Frida vuelve a hacer pis en el pasillo por las noches y a intentar robar comida. Al cabo de los años ya no hace falta que agarre el periódico para demostrarle mi descontento, con una mirada firme y un “¡Uhmmmm!” feroz la perra queda petrificada contra el suelo. Suele ser necesario un único aviso para recordar la lección y retomar la dinámica de convivencia habitual.
Sin embargo, a pesar de los castigos, puedo afirmar sin temor a equivocarme que la perra es feliz viviendo conmigo. Ahora mismo está tumbada a mis pies, bajo la mesa, con la cabeza apoyada en la pata de la silla. La miro, me mira, mueve el rabo esperando que me agache y le acaricie tras las orejas y, cuando lo hago, se levanta perezosa para apoyarse en mis rodillas, mirándome con ojos plenos de amor sincero.
Yo también la quiero.
