Wednesday, August 23, 2006
Desde el 35.
El domingo estuve comiendo en casa de unos amigos. Ellos viven lejos del centro, hacia el sur. A la tarde volví a casa en el 35. El recorrido fue estupendo: se tarda más de media hora en llegar a la Plaza Mayor. Adoro las tardes de domingo en autobús.
De niña iba todos los fines de semana a casa de mi abuela. Ella no era una ancianita al uso de esas que hacen bizcochos; de hecho, no sabía cocinar. Mi abuela era pintora. Y me enseñó a mirar el mundo con ojos de artista.
Nuestro juego favorito los domingos consitía en subir a cualquier autocar y reinventarnos la vida desde allí. Los paseantes se convertían en elementos de estudio; biografías completas surgían de nuestra imaginación entre parada y parada a partir de sus gestos. Las rejas de los balcones del casco antiguo eran lo mejor de la tarde: dibujábamos sus motivos de memoria al llegar a casa y así rendíamos honores al humilde herrero olvidado y muerto hacía cien años. Si era verano y los balcones estaban abiertos, a veces podíamos atisbar brevemente el interior de las casas. Entonces, en sugerentes pinceladas orales, nacía de labios de mi abuela la historia de sus habitantes, sus disputas familiares o sus amores secretos.
Cuando nos cansábamos de un recorrido nos bajábamos en cualquier parada y esperábamos a otro autocar desde el que comenzar de nuevo… Así pasábamos la tarde hasta que se acercaba la hora de la cena. Entonces cogíamos un taxi y volvíamos corriendo a la cocina, para que no se enfadara mi abuelo si al llegar no encontraba la mesa puesta.
El domingo pasado, mirando por la ventana del 35, a la altura de Urgel, extrañé mucho a mi abuela.
Los Colonos del Catán
Ayer me encontré con Jorge en el bar que está bajo mi casa. Jorge es amigo mío desde hace muchos años. Mi marido y él no se conocen y es una pena, porque estoy segura de que se caerían bien. Comparten muchas cosas: los dos viven en el mismo barrio, los dos son discretos e inteligentes, los dos tienen su chalecito montado en mi corazón y, por si todo esto fuera poco, los dos están enganchados a Los Colonos del Catán.
Yo tampoco conozco a la mujer de Jorge, pero él me cuenta que también adora el juego. Cualquier día de estos me lío la manta a la cabeza, monto una timba de Colonos y les convoco a todos. A ver qué pasa…



