Anteayer fui al cine Acteón, en Montera.
Montera, por si no la conoces, es la calle de las putas. Empieza en la Puerta del Sol, el corazón de Madrid, y termina en la Gran Vía, la avenida principal de la capital.
No es la única calle en la que hay prostitutas, pero sí es la más famosa. Ahora está levantada con obras. El ayuntamiento quiere hacer del centro un limpio paseo peatonal donde los turistas puedan caminar a gusto. A mí me parece buena idea, porque también me agrada pasear por calles peatonales y limpias.
El cine Acteón está más o menos en la mitad de Montera. Al lado está la antigua zapatería Los Guerrilleros. Hace algún tiempo que cerraron, poco después de empezar las obras. Ahora están todos los vidrios rotos y el escaparate está lleno de polvo y basura.
Hace años tenía una amiga que estudiaba interpretación en una escuela que está frente a esa zapatería. Algunas tardes, a la salida de clase, iba a buscarla y comíamos juntas. Si se retrasaba, yo pasaba el rato recorriendo el escaparate arriba y abajo, nerviosa, contando las botas, los zapatos, las sandalias… siempre mirando hacia la cristalera.
El primer día no me fijé en la tienda, esperé a mi amiga apoyada en el portal de su escuela. Al señor que preguntó mi precio no le entendí. Era un viejo de setenta años al menos, me recordaba a mi abuelo. Le respondí “Disculpe, no he comprendido. ¿En qué puedo ayudarle?”. Él me miró azorado, musitó algo entre dientes y siguió su camino renqueando calle arriba. Pensé que estaba desorientado y me había confundido con otra persona, quizá su nieta.
Al cabo de un rato se me acercó un tipo cuarentón, medio calvo; más gordo que grande, más grasiento que gordo; desagradable al fin. No recuerdo qué dijo al acercarse mientras me echaba la mano al culo. Sí recuerdo que me quedé paralizada, apenas acerté a dar un brinco alejándome. Le miré incrédula, asustada, y tartamudeé al decirle que se estaba equivocando. Él frunció el ceño: “Con esa falda y ahí apoyada es normal que te confunda, rica.” Luego, mientras se iba caminando, aún continuó “Es que vais como putas, luego direis que os violan… Si fueras mi hija, así no salías a la calle”.
Cuando me recuperé de la impresión, muerta de vergüenza, crucé la calle hacia Los Guerrilleros. Me metí en la tienda e investigué, concienzuda, la textura de cada empeine y el trenzado de cada cordón durante un rato interminable, hasta que vi salir a mi amiga.
No le dije nada a nadie, pero a la otra semana, y durante todas las que siguieron hasta que terminó el curso, me puse ropa de mi hermano mayor cada día que quedé con ella. Acechaba el portal a través del reflejo en los cristales de la zapatería, recorriendo el escaparate arriba y abajo, nerviosa, contando las botas, los zapatos, las sandalias… Tenía diecisiete años.
Recordé hace dos días esta anécdota, que estaba arrumbada en el último rincón de mi memoria. Yo ya no soy esa jovencita minifaldera que pretendía comerse el mundo a dos carrillos, al tiempo que se asustaba porque un putero patético intentaba tocarle el trasero. Han pasado diez años y me siento afortunada, porque la vida que quise morder no me arrolló como a tantas otras.
Anteayer, cuando salí del cine, me quedé mirando la fachada de Los Guerrilleros: ya inservible y destartalado el refugio de mi adolescencia. Me vino a la memoria la cara de aquel hombre grasiento justo en el momento en el que se sentó en las escaleras, embarazada, una joven prostituta. Inmigrante de cualquier país del este, morena, no llegaba a los veinte, el rimmel corrido, un vestido rojo ajustado sobre el vientre hinchado, tambaleándose, borracha, hablando sola.
Yo podría ser ella, y ella podría ser la nieta o la hija de esos dos hombres que una vez quisieron comprarme, y el bebé que lleva dentro su cuerpo maltratado también podría ser de ellos.
Recuerdo perfectamente la cara de aquel tipo que dijo que parecía puta por llevar falda, y que la culpa sería mía si algún día me violaba. No es un insulto compararme a esa chica desgraciada, ojalá pudiera ayudarla. Sólo me aterra la posibilidad de que alguno de mis hijos piense algún día como aquel cerdo machista.
Todo esto viene a colación del portal de hombres abolicionistas que me he encontrado hoy: Me ha encantado su manifiesto. Vuelvo a reconciliarme con el genero masculino.



